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Siéntete orgulloso de tu pequeño gran negocio

Siéntete orgulloso de tu pequeño gran negocio

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Tener una empresa, un pequeño negocio es como hacer malabarismos.

Yo hay días que incluso puedo escuchar en mi cabeza la música de circo mientras hago equilibrios intentando despachar tareas, contestar correos o llamadas, enviar presupuestos, ajustar diseños, preparar estrategias y mil temas más.

No es fácil. Es estresante y agotador.

Además del trabajo del día a día, debes estar constantemente mirando más allá, pensando en el futuro, en posibles amenazas, en cambios en el mercado, en movimientos de la competencia.

Tienes que hacer números, analizar resultados, ver que productos o servicios te están siendo más rentables y cuáles sólo te hacen perder tiempo y recursos. Decidir donde invertir los beneficios o si es el momento de conseguir financiación.

Debes atender a los clientes, o supervisar a quien lo hace, asegurarte que se hace de la forma adecuada, gestionar las quejas, las incidencias.

Tienes que mejorar tus productos o servicios, optimizar su proceso de fabricación, su ejecución, maximizar su calidad. Innovar, buscar nuevas soluciones, estudiar el mercado.

Debes tratar con tus trabajadores o colaboradores. Motivarlos, formarlos, contentarlos, supervisarlos, conseguir que den lo mejor de ellos, que se sientan satisfechos y realizados.

Tienes que pensar en el marketing, en la publicidad, en cómo llegar a tus posibles clientes, cómo darte a conocer.

Y por si no era suficiente, ahora además te has de preocupar de la web, de las redes sociales, de tener un blog.

 

Y es que aunque hayas conseguido poner en marcha una empresa que funciona y es rentable y conseguido encontrar buenos profesionales que se encarguen de cada una de las diferentes áreas o departamentos, no vas a poder desconectar.

 

Ellos llevarán el día a día, la ejecución, pero como dueño del negocio las decisiones finales, la estrategia a largo plazo, es cosa tuya. Y cuando ya no estás tu solo, cuando tienes personas, famílias, cuyo sueldo depende de ti y tus decisiones, el peso de esa responsabilidad puede llegar a superarte.

 

Días malos, semanas eternas en que parecerá que todo se pone en tu contra, en que no sales de un problema y  ya te llega otro, en que sólo ves obstáculos y preocupaciones….

Y hablas con familiares y amigos que trabajan por cuenta ajena, que tienen un puesto claro, unas responsabilidades determinadas, un sueldo estable y un horario y te preguntas porque diablos se te ocurrió meterte en este embrollo, quien te vendió la idea de que ser empresario era una buena opción.

¿Pero no decían que lo más difícil era poner en marcha el negocio? ¿Conseguir que funcionara, que fuera rentable? ¿Por qué no avisan que después las cosas no son más fáciles? ¿Qué nunca dejas de batallar?

 

Si que avisan, claro que lo sabías… pero no quisiste escuchar.

 

Porque cuando empezamos algo la ilusión nos ciega, sólo vemos nuestro camino, nuestro objetivo, y sólo escuchamos aquellos que nos animan a seguir, que nos apoyan, y descartamos todos los avisos, toda la prudencia, todo lo que no está de acuerdo con nuestra idea.

Porque va con nuestra naturaleza, nos gusta crear, sentir que hemos hecho algo desde cero, que hemos conseguido algo.

Porque a pesar de esos días eternos, esas malas semanas, sabes que vale la pena, que hay momentos de los buenos de verdad que borran de un plumazo meses de preocupaciones.

Porque tu gran empresa, por pequeña que sea, es tuya, es tu negocio, tu proyecto, el resultado de tu esfuerzo y trabajo, de tu creatividad, de tu perseverancia y tozudez.

 

Porque pese a todo, te sientes orgulloso de tu pequeña gran empresa.

 

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